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¿Dónde había ido a parar la artesanía en el mundo del deporte? Llevábamos mucho tiempo preguntándonos por qué una industria centrada por completo en el movimiento parecía carecer tan profundamente de oficio a la hora de fabricar ropa deportiva. Y como aficionados entusiastas del juego más popular del mundo, nos encontrábamos profundamente desencantados con la pobre oferta de botas de fútbol.
Nos consideramos bastante entendidos en lo que se refiere al mejor calzado del mundo, y sabemos apreciar la diferencia que un hermoso corte de piel puede marcar en cómo se camina y se mueve uno con un par de zapatos. Nos parecía bastante evidente que la combinación ganadora de materias primas nobles y alta artesanía debía aplicarse también en un entorno donde la importancia de la comodidad y la facilidad de movimiento no tiene rival. Así que nos propusimos averiguar si aún existían verdaderos artesanos capaces de hacer botas de fútbol a mano.
Los motores de búsqueda no nos llevaban muy lejos. La influencia de las marcas en el juego era evidente en el desplegable de términos sugeridos, que daba prioridad a botas de fabricación sintética con grandes contratos de patrocinio con los Ronaldos del mundo. Nos llamó la atención que todo el marketing, sin excepción, se centrara en la maquinaria «de alta tecnología» de la producción, y lo lejos que la conversación se había alejado de lo que sabíamos que eran los atributos tradicionalmente reconocidos en unas botas de primera.
Donde antaño reinaba la piel de canguro, ahora era prácticamente inexistente en el mercado. Como la piel de canguro contiene fibras de colágeno muy concentradas que corren paralelas a la superficie de la piel, tiene una resistencia a la tracción mayor que otras pieles. También es excepcionalmente aireada gracias a una capa de flor muy fina y a un contenido de grasa naturalmente bajo, además de su ausencia de glándulas sudoríparas y de músculos erectores del pelo, lo que la convierte en el material natural ideal para unas botas de calidad (siempre que estén bien construidas). Por suerte para nosotros, habíamos encontrado la única marca que seguía comprometida con el uso de piel de canguro trabajada a mano por maestros, y cuyas botas de fútbol eran tan adoradas por quienes las probaron primero que llegaron a conocerse como la zapatilla de oro.


En cuanto llegamos al taller de Pantofola, supimos que estábamos en casa. Tenía todo lo que creíamos olvidado desde hacía mucho en el fútbol: calidad, oficio y una herencia rica en el juego, de la época anterior a que los contratos de patrocinio faraónicos lo cambiaran para siempre. Pantofola d'Oro fue fundada en 1886 por la familia Lazzarini. Solo en los años cincuenta adoptaron el ya célebre apodo de la zapatilla de oro. Sus primeras botas de fútbol se diseñaron en esa misma década bajo la dirección de Emidio Lazzarini para el equipo de fútbol del pueblo, y poco después se reconocieron como especialmente idóneas para el juego. Al fin y al cabo, Emidio era deportista él mismo y estaba bien situado para aportar tanto su pericia atlética como su conocimiento del calzado a la expansión de la marca. Cuando John Charles, leyenda de la Juventus, probó por primera vez una bota Pantofola, la bautizó como «la zapatilla de oro» por el control del balón y la ligereza de movimiento sin igual que le daba. Al hacerlo, regaló la inspiración para el nombre de la marca y resumió esa combinación de oficio, visión deportiva y calidad que de verdad situaba la creación de Emidio un paso por encima del resto.
Hablar con los artesanos en el taller de Pantofola d’Oro es un sueño para cualquier amante del fútbol. Una de las historias favoritas es la del día en que Maradona se enamoró de su bota, tanto que pidió a los artesanos que cosieran un logotipo de Puma en un par de botas Pantofola para no comprometer su contrato de patrocinio. ¿Y quién podría negarle algo al Pibe de Oro? Los entendidos cuentan (y a nosotros no nos sorprende demasiado) que jugó a su mejor nivel con ese par especial de Pumas. El par que nunca salió de la fábrica de Puma, ni la llegó a ver. Maradona es solo uno (aunque bastante significativo) de los muchos grandes que jugaron a su mejor nivel con botas Pantofola. De Klinsmann y Garrincha a Cruyff y Mancini, algunos de los mejores momentos del juego han sucedido con un par de zapatillas de oro hechas en Campoli, Italia.
