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La fiesta de Navidad de Archibald rara vez es un asunto sofisticado, y el año pasado no fue una excepción. Salimos del bar dando tumbos, con ganas de aire fresco y un cigarrillo antes de continuar con las celebraciones de la noche. Todos empezamos a rebuscar un mechero cuando un hombre, medio oculto en la oscuridad y apoyado en una barandilla, nos ofreció el suyo. Con el cigarrillo colgando de la comisura de la boca, llevaba puesta la Cazadora de Piel Definitiva. Era una biker perfectamente entallada, con un brillo bruñido y charreteras plateadas iluminadas por la luz de la farola.
No recordamos gran cosa de aquella noche, pero sabíamos que queríamos hacer cazadoras capaces de hacernos sentir (casi) tan bien como aquel hombre con el que nos cruzamos aquella noche fresca de diciembre.


Empezamos a investigar en cuanto volvimos a la oficina en enero. Retomar el ritmo después de las fiestas nunca es fácil, y menos para nosotros (lea nuestro artículo sobre por qué odiamos enero)[https://www.archibaldlondon.com/journal/article/we-hate-january]. Pero la búsqueda de la Cazadora de Piel Definitiva hacía que las mañanas grises pasaran un poco más rápido. Nuestras cabezas empezaron a llenarse de imágenes de alborotadores, estrellas de cine y motocicletas. Igual que ocurre con las sneakers, cada década del siglo pasado ha tenido su momento icónico de cazadora de piel.
Hoy, prácticamente cualquier firma o marca vende su propia versión. El abanico de estilo, calidad y precio es inmenso. Se puede comprar una cazadora de piel reconstituida barata (básicamente, retales del material fundidos entre sí) en cualquier calle comercial por solo £100. Las cazadoras de diseño hechas con la mejor piel de napa flor entera pueden costar £15,000 o más. Al final llegamos a la conclusión de que una cazadora de piel bien hecha, que dura más que una vida entera, es una prenda que hay que tomarse en serio y en la que merece la pena invertir.
Llevábamos mucho tiempo queriendo encontrar a nuestros primeros artesanos en Londres, observando con interés el renacimiento de la fabricación a pequeña escala en nuestro propio barrio. El East End de Londres está impregnado de siglos de historia sartorial, con el añadido de una combinación poco común de otros factores. Las olas de inmigración que juntaron distintas tradiciones artesanales, la pobreza extrema, la ambición sin disimulo, la industrialización acelerada y el activismo político han convertido la zona en un crisol de expresión cultural. Nos topamos con una curiosa ironía cuando investigábamos la historia de la confección en el barrio.
Hoy convertido en espacio de coworking, el edificio donde tenemos nuestras oficinas fue en su día un almacén de ropa y artículos de lujo. Es una historia que suena familiar en todo el East End. Los centros de fabricación se han vaciado y transformado en viviendas de lujo, oficinas o cafeterías de postín (léase: carísimas). Nuestro equipo se propuso apoyar a un taller o a un artesano local en cuanto se presentara la ocasión. Por suerte, descubrimos que uno de los mejores fabricantes de prendas de piel del mundo está a veinte minutos andando de la oficina, así que nos pusimos en contacto y concertamos una visita.


Entrar en la pequeña plaza de ladrillo rojo donde está el taller de piel es como retroceder en el tiempo. Solo la visión de un hipster con barba, gafas y ropa de tartán nos devolvió de golpe al presente.
Se huele la piel en cuanto se sube el estrecho tramo de escaleras. Atravesando una oficina pequeña, se llega al taller. Aquí el olor a piel resulta embriagador, mezclado con el golpeteo seco y el estacato de los martillos y las máquinas de coser. El sitio tiene algo de Alicia en el País de las Maravillas: es un mar de faldas de piel rojo intenso, tiras de cremalleras plateadas apiladas en montones y carretes de hilo de colores ordenados en cajas. Ahmet, que dirige el taller, nos contó que las piezas que veíamos acabarían en las pasarelas más prestigiosas del mundo.
Charlamos con un maquinista llamado Tony, que trabaja en la confección del East End desde los años cincuenta. Nos describió los cambios que había visto con los años, desde su juventud colorida, cuando el negocio iba a toda máquina, hasta los tiempos difíciles de finales de los ochenta. Entonces no podía ni seguir la cuenta de las fábricas y talleres que cerraban sus puertas para siempre. Es uno de los seis maquinistas que quedan que entienden el oficio tal como era, cuando se presumía de artesanía y calidad. Tony confía en que las marcas le den la vuelta a la tendencia y devuelvan el negocio al East End en la próxima década, a medida que los consumidores se alejan de la producción en masa y de sus consecuencias.
Nos había cogido gusto ver qué había de nuevo en la mesa de trabajo de los artesanos cada vez que pasábamos por el taller. Ellos toleraban nuestra curiosidad y se giraban a charlar mientras sus dedos seguían trabajando el material con la costumbre de décadas de práctica. Un día nos detuvimos ante un montón del borreguillo más suave del mundo y llamamos al resto del equipo para que viniera a tocarlo.
El borreguillo de Ahmet (la piel de una oveja o un cordero recién esquilados, curtida conservando la lana) procede de una curtiduría respetada de España con la que trabaja desde hace años. En cuanto tocamos el borreguillo en el taller de Ahmet, supimos que queríamos hacer un abrigo con él. Al notar nuestro entusiasmo por ese material asombrosamente suave, Ahmet nos señaló nuestro tercer y último descubrimiento: un ante que reposaba en un rincón inexplorado del taller. Era increíblemente flexible, de los productores italianos de confianza de Ahmet. Una vez vistos y tocados los tres materiales uno al lado del otro, la colección se cayó de madura. Después de meses de diseño y prototipos, hemos creado prendas de abrigo imprescindibles, hechas para durar con estilo toda una vida. En resumen, clásicos. Mirando atrás resulta curioso que lo que había empezado como un enamoramiento colectivo de un desconocido a la puerta de un pub acabara convertido en una declaración de excelencia, fiel a quienes somos hasta la médula. O más bien, hasta el forro excelentemente cosido.
