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El taller de marroquinería pequeña

Ubrique, España

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Parte 1: piel curtida

Desde que existen los seres humanos, han existido las carteras. La cartera más antigua que se conoce, por ejemplo, se encontró en un hombre de hielo de 5000 años descubierto congelado en la frontera entre Italia y Austria, con un monedero sujeto al cinturón. Es un talismán de paso a la madurez, que con frecuencia se transmite de padre a hijo como señal de haber alcanzado la edad adulta. Pocos objetos más son tan claramente un «imprescindible» de uso diario, independientemente del gusto personal, la edad o el género.

Y a la hora de elegir el material, solo hay una respuesta correcta. Una cartera bien hecha en piel de alta calidad debería durar más que una vida entera y acabar adquiriendo la forma y el olor de sus ingresos y de sus efectos personales más queridos. Sabíamos que teníamos que hacerle justicia encontrando al artesano adecuado con quien trabajar. En ese momento nos considerábamos muy versados en pieles y dábamos por hecho que el lugar al que había que ir, como con casi todo lo que hacemos en piel, era Italia. Preguntamos por nuestra red de artesanos y proveedores, buscando con insistencia a alguien con experiencia en marroquinería pequeña y accesorios. Al final, con una ceja levantada y media sonrisa ante nuestra ignorancia de la respuesta aparentemente obvia, nuestro zapatero de Mirandola nos habló de El Dorado de la piel, ese lugar que es un secreto a voces en el mundo del lujo: Ubrique, España.

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El pueblo blanco

Nadie pensaría que la meca de la piel está en un rincón escondido de Andalucía, encajado en un valle rocoso impresionante, muy lejos de las capitales mundiales de la alta moda. Es lo que se conoce como un «pueblo blanco» por su llamativo conjunto de casas encaladas de un blanco brillante, rasgo de una arquitectura regional que bebe de influencias culturales islámicas. Y sin embargo Ubrique no se parece a ningún otro pueblo andaluz, ni a ningún otro pueblo del mundo, la verdad. Durante los últimos 200 años se ha ido labrando, con discreción, una reputación entre los entendidos como epicentro internacional de la piel de lujo. Famoso en su día por sus procesos únicos de curtido, el prestigio artesanal de Ubrique fue evolucionando durante décadas a medida que los artesanos locales aprendían a trabajar el material con un cuidado y una atención al detalle singulares. Los talleres tradicionales de Ubrique no llevan ningún rótulo; su aspecto exterior no revela nada a un transeúnte desprevenido. Y sin embargo, detrás de puertas azules de lo más discretas, los artesanos cosen etiquetas que dicen muchísimo en bolsos, estuches o carteras: Hermes, Carolina Herrera, Louis Vuitton, Chloe, Chanel.

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La Gran Fábrica

Dicho esto, no hay que pintar el pueblo con una sola brocha (algo nostálgica): como es lógico, no todas las operaciones funcionan a la antigua, en una coqueta casa blanca en una colina. Cuando llegamos por primera vez, teníamos una cita con un fabricante de artículos de piel a las afueras del pueblo que da empleo a cientos de trabajadores en unas instalaciones modernas y pulidas, dependientes de maquinaria y tecnología avanzadas. No había duda de que aquella era una fábrica diseñada para atender pedidos masivos de grandes marcas, dispuesta a sacrificar la vieja manera de hacer las cosas por un nuevo tipo de ingresos.

No tardó mucho la Gran Fábrica en cansarse de que habláramos de artesanos y preguntáramos cómo podía afectar la automatización al producto acabado. A la salida de nuestra segunda reunión, uno de los trabajadores de la piel nos dio el soplo de un pequeño taller que llevaba su tío en el pueblo. El taller de Sergio no tiene presencia en internet, así que, armados solo con las indicaciones que nos había dado el trabajador de la fábrica, salimos a investigar.

El taller de Sergio

Una vez averiguado cuál de los edificios blancos albergaba nuestro posible taller, entramos y no podríamos habernos sentido más lejos de la Gran Fábrica. No había ni cafeteras cromadas ni impresoras 3D a la vista; solo 8 artesanos, trabajando con una concentración absoluta en transformar montones de piel en los accesorios de alta moda más deseados del mundo. Aquello nos resultaba mucho más familiar y nos trajo a la cabeza los rasgos universales que distinguen a nuestros talleres por todo el mundo: las pilas ordenadas de material en bruto, el golpeteo seco de las máquinas de coser, la forma experimentada en que los artesanos trabajan sus materiales.

Sergio nos contó que, mientras los talleres y fábricas de Ubrique seguían siendo proveedores principales de artículos de piel para muchas grandes marcas, otros referentes del lujo habían dado la espalda al pueblo después de que la crisis financiera de 2008 golpeara el sector. Los talleres las pasaron mal cuando la producción se trasladó al Sudeste Asiático, donde las fábricas a gran escala sacrificaban la calidad por la cantidad. Con cierta ironía, fueron los clientes de esos mismos mercados emergentes los que prefirieron los productos hechos por artesanos a los artículos de producción masiva, de modo que los talleres de Ubrique empezaron a buscar en otra parte con qué llenar sus libros de pedidos. En cierto modo, para nosotros fue una suerte que los artesanos se hubieran vuelto receptivos a una nueva manera de hacer las cosas. Cuando Sergio supo algo más de lo que hacemos, nos sugirió que añadiéramos un estuche para gafas a nuestra gama de accesorios de piel como guiño a nuestros maestros Takumi de Japón. Es una conexión con la artesanía japonesa que Ubrique nunca había visto y que no podíamos esperar a compartir con el mundo.

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